Sólo los héroes y los cobardes salen caminando, Jack.
~ Leído en "The dark half" (Stephen King).


La verdad, no me animo a pensar mucho en esta frase.
Me pone nerviosa.

No hay muchos de nosotros viviendo en esos extremos. No me gustan las razones por las que eso podría ser verdad. Así que, mejor recuerdo que nadie vive nunca en un sólo extremo de nada... y que nada es verdad por completo. Pero esas ideas también me ponen nerviosa.

(Microrelato) Espera

Les dejo algo breve, no precisamente mi mejor micro. A ver quien la reconoce:

Espera

Está corriendo y gritando. Parece muy asustado.
Supongo... que ese tampoco era uno de mis hijos perdidos.

Así que regreso a la piedra de lavar. Continúo mi tarea. Y espero.

Porque sé que un día pasarán. Un día voy a recuperarlos. Sé que sí. Sé que van a volver. Una madre no podría perder para siempre a sus hijitos, ¿verdad?

Está dicho que...


Un escritor debería aspirar a elevar a sus lectores, no a hundirlos aún más.
— E. B. White 

(visto en #Writeometer)


(Microrelato) Hacia la hoguera

Este relato debe poder leerse por su cuenta, pero también es un fragmento de mi proyecto para el NaNoWriMo de este año. 

No sabía a que personaje llamar protagonista para dedicar el día a escribir su historia de fondo, y acabé decidiendo hacer un microrelato desde la perspectiva de la villana porque encaja con el tema del blog en este mes.

Aquí lo tienen:

Hacia la hoguera


Despierten, mis hijos, mis esclavos, mis dueños. Vuelen hacia las llamas, pero recuerden que el fuego no se toca.

Hoy cenaremos fuera. ¡Nos daremos un banquete y anunciaremos por primera vez nuestra presencia a estas personas que tan alegremente han permitido que nos acomodemos en su hogar!

Este viaje está llegando a su fin, y debo reconocer que me entristece. Cuando encontré las críticas de este bello paraje, esperaba y deseaba quedarme mucho más. En cambio ha sido un destino decepcionante, lleno de respuestas afirmativas, ingenuidad y noches oscuras.

La parte emocionante, el trato con el traidor y las pequeñas mentiras y verdades que usamos en su contra, ha durado muy poco. Y ahora, sólo queda la tradicional agresión que iniciará esta noche, firmada con nuestras fauces y sellada con sus gritos de horror.

¡Oh, como me atormenta que se termine así! Jamás he entendido las victorias. Son tan insignificantes, tan… sencillas.

Pero no hay guerra que dure para siempre, no hay conquista imposible ni oponente inmortal. No queda más remedio que cerrar dignamente.

Ni siquiera en ese pequeño universo de felinos que escupían fuego pude obtener mas que unas cuantas quemaduras temporales. ¿Las entidades incorpóreas de las montañas invertidas, letales e inmortales? Esas fueron peores porque no hubo forma de que se resistieran a la invasión.

Todos han sido un desafío hermoso a su manera. Incluso estos humanos.

Pero al final, son todos como ustedes: criaturas débiles que caen a mis pies. Creen que soy poderosa, que soy temible. Y a estas alturas esa es la verdad. Pero, ¿de que me sirve?

No tengo mas remedio que eliminar a mis enemigos y usar a mis seguidores. Todas esas batallas que gané, los Mecht a los que desplacé por que el desafío era irresistible… Todo me me ha convertido en eso que ustedes sienten ahora: su madre, líder y ejecutora.

Nunca quise tener tanto poder y, aunque le doy el uso que se merece, lamento la ventaja que me da.
Pero este es mi rango, ustedes son mi ejército y los que ayer fueron amados oponentes mañana no serán nada en absoluto.

Así que abandonen sus disfraces de humanos, extiendan las alas y afilen las garras.
Es hora de volar hacía la extinción de esta especie que ya no tiene mas oposición que mostrar.
Tal vez la siguiente conquista sea mas gratificante.

(Relato) Hans tenía razón

Bueno, el primer relato de la colección de "Puntos de vista extraños" es un poco oscuro y demasiado largo. Pero, tengan paciencia con este cisne oculto y quizá la comprendan... Aunque no sé si eso sea algo bueno para alguien.

De hecho, por si acaso, voy a agregar algo que no suele venir al caso con mis historias: 

ACLARACIÓN: 
La autora no comparte las opiniones del personaje narrador de la siguiente historia. Tanto ese como los demás personajes son ficticios, su historia fue inventada sin ningún tipo de investigación o prudencia.

La siguiente no es una lectura apta para a personas que estén lidiando con compulsiones; mucho menos para niños o adolescentes. Si están en ese grupo, los invito a leer otros relatos, quizá más violentos, pero con un punto de vista menos delicado. 

Hans tenía razón

Lo último que leí antes del... incidente, fue que “todos tenemos un lugar en el mundo”.
Quería llorar de rabia, porque esa era la mentira más grande que había tenido que leer hasta la fecha. 

Los protagonistas de las películas para niños encontraban su lugar en el mundo con sólo un hada madrina y una epifanía. Cómo si un extraño pudiera resolver tus problemas existenciales. Como si entender que habían errado al apuñalar por la espalda a su ser más querido fuera a sanar la herida. Como sí la vida de verdad llevara a las personas raras al sitio en el que serán bien recibidas.

De toda esa basura optimista, creo que fue El patito feo el que me fastidio para empezar. Por su culpa me empeñé en buscar a mi cisne interior. Eso significa que exploré todo lo que soy, a la vista de todos y con la esperanza de que un día fuera suficiente. Era tarde cuando me di cuenta de que debí jugar a la mamá con mis muñecas cuando niña y dedicar una sonrisa sugerente al primer chico que me gustó. La gente aprendió a pensar que yo era extraña y yo empezaba a preocuparme de que tuvieran razón.

Cuando me enviaron al internado después de mucho tiempo de no encajar en mi escuela y decepcionar a mi familia con lo que ellos llamaban “mañas desagradables”, intenté algo ligeramente diferente. Creé al cisne que el mundo quería ver.

Y funcionaba, en cierto modo. Las otras chicas podían hablar conmigo durante horas, y la vez que nos escapamos al centro comercial, un par de muchachos coquetearon conmigo. Mis padres estaban complacidos por las maravillas que el internado había hecho en mí, y los maestros del colegio no entendían como alguien había pensado que yo era una estudiante problemática.

Pero jamás me quisieron. Mis “amigas” creían que me querían. Mis padres estaban aliviados porque podían decir a sus amigos que me amaban sin que ellos les dijeran que esa no era “razón para malcriar a la muchachita”. Parecían amarme, creían amarme. Pero no puedes apreciar lo que no conoces y nadie me conocía.

Así que me alejé de todos en mis años de universitaria. Por fortuna, nadie le pregunta a una estudiante de medicina cómo es que no tiene tiempo para salir por un café o asistir a una fiesta. Muchos de mis compañeros de facultad lo hacían, pero yo tenía calificaciones que ellos no podían soñar y un especialista notable me había aceptado como su asistente. Así que todos creían que yo no dedicaba un segundo en mi misma porque estaba loca por mi carrera, que me esforzaba demasiado, pero seguro que valdría la pena. 

Esta vez no temí que tuvieran razón. Sólo había elegido medicina porque nada me llamaba la atención y desde niña había admirado mucho a alguien que tenía ese título. Pero ahora que estaba en ello, me encantaba. No tomé la especialidad de la persona en quien me había inspirado, porque había encontrado mi propia pasión.

Así acabé, quizá demasiado joven, en el quirófano en que conocería al hombre que me haría feliz durante cuatro años de matrimonio.

No estábamos enamorados. ¿Cómo podríamos? Él no me conocía y yo lo encontraba demasiado aburrido. Pero él creía que me amaba y era bastante útil. Así que lo llevamos bien hasta que su amante número veintitrés le dijo que podía darle un anillo o olvidarse de ella para siempre.

Al menos, creo que fueron veintitrés. El negó a dos de ellas, pero creo que si le hubiera preguntado por las otras lo habría negado también. Cómo sea, los números son lo de menos en casos como éste: si amas al imbécil, una es demasiado, y si prefieres que se acueste con otras para que no te moleste, ¿qué importa cuántas son o cuantos años tienen?

No me enfadó el asunto del divorcio, en realidad. De acuerdo, si me sacó de quicio que insistiera en quedarse con la casa, pero puse en práctica lo que aprendí en las sesiones de control de ira.

No, yo no tenía problemas de ira. Por supuesto que podía enfurecer, pero era una emoción menos frecuente y menos explosiva que la furia de una persona promedio. Sólo iba a los grupos de apoyo porque... Bueno, eso era algo que yo hacía.

Iba a muchos grupos de apoyo. No me importaba mucho cual fuera el nombre que le dieran a su situación: ira, vicios, depresión... Todos tenían el mismo problema que yo: tenían algo roto que les impedía integrarse, e incluso funcionar. Sus amigos y vecinos les habían obligado a elegir entre ser abandonados o ser reparados, así que ellos intentaban desesperádamente arreglar sus rarezas. Yo hubiera querido saber, como ellos, qué estaba mal conmigo. Así podría hacer mis propios intentos desesperados por convertirme en alguien que pudiera ser amada.

Fue en uno de esos grupos que conocí a la víctima psicópata. No esperaba que le devolvieran la cordura, porque sabía que no la había perdido cuando esos delincuentes la molieron a golpes para robarse su bolso vacío. Nunca la había tenido, según me dijo, y no la echaba en falta. Iba porque su trabajo requería un documento del psicólogo. Y no le costaba nada darles gusto. Sólo tenía que parecer cuerda. Lo había hecho mil veces.

No sé por qué le respondí que yo también solía hacer eso.

Tampoco sé por qué me preguntó qué era lo más absurdo que había fingido, ni sabría decir por qué le conté sobre las escenas de celos con mi ex. Al parecer, la convención social era mostrar gran ira por ese tipo de cosas. Ella me hizo saber que yo debía haber estado molesta. Era un asunto de respeto. 

Ya daba igual, porque era agua pasada, pero me abrió los ojos sobre otras pequeñas cosas que yo permitía cada día. El jefe exigente, la vecina fastidiosa. Los niños que rompieron mi ventana con su pelota de baseball. 

Ella entendía la forma en que yo veía el mundo. Lo hastiada que estaba del ciclo interminable de “la vida como debe ser”. Por eso empezamos a intercambiar visitas. Por eso le confesé que a veces quería dejar morir a mis pacientes. No había tenido la oportunidad de contárselo a nadie, sabía que era una estupidez. Pero ella me había dicho sobre las jaulas en su sótano, y como se enorgullecía cada vez que uno de aquellos ladrones aprendía un truco nuevo. Me pareció correcto ser sincera también.

―Pero eso es homicidio ―murmuró mi nueva amiga.

Intenté cambiar el tema, mitad avergonzada, mitad asustada y por completo decepcionada. Creí, en ese momento, que ella no comprendía. 

Me equivocaba.

―No quiero sonar amargada ―me dijo― pero tendrás que ser muy cuidadosa. Ir a la cárcel ya es bastante malo, pero además perderías tu licencia, nunca volverías a disfrutar de esa sensación, de saber qué esa vida está en tus manos. Podrías reemplazarla, pero no sería lo mismo.

Debí escucharla con más cuidado. Debí ser más precavida. Pero no lo hice y al final me descubrieron. 

Existe la teoría de que los criminales caen más tarde o más temprano. Yo no solía creer en dichos como ese, pero ahora sé que Hans tenía razón, sí somos un cisne que debe desarrollarse y encontrar su lugar; así que es posible que las otras teorías fantasiosas sean verdad. 

Sería una lástima, porque entonces también la atraparían a ella, a la mujer que me apoyó cuando estaba perdida y me guió para encontrarme y amarme tal como soy. Sí este mundo tan cruel descubre que ella convirtió en mascotas secretas a sus atacantes, la pondrían en una celda y ya no podría visitarme como lo hace ahora.

Buscar

 

Seguidores

Diario Poético Copyright © 2011 | Tema diseñado por: compartidisimo | Con la tecnología de: Blogger