(Relato de práctica) Motivos

“Está lloviendo afuera”.

Keith se detuvo a contemplar el significado de esa frase por primera vez. Nunca antes había presenciado otro tipo de lluvia. Pero las casas vacías no recibían mantenimiento, así que en aquí, también estaba lloviendo dentro.
Tenía frío. Y hambre.

El hambre era un concepto tan poco familiar como la lluvia de interiores, aunque no era realmente nuevo. Había sentido hambre. Había tenido que soportarla porque “aún no era la hora de comer”, o porque era una forma de castigo en algunos de los hogares en los que había estado. Pero hacía casi seis meses que el hambre no era más que una sensación grata desencadenada por el olor del almuerzo que él mismo ayudaba a preparar.

Pero no podía ir en busca de comida con el aguacero que se le había venido encima esa tarde. Sin otras opciones, se echó a temblar en un rincón al azar. A pesar de la temperatura tan baja, se quedó dormido con el arrullo de la lluvia, pero pronto despertó con un dolor extraño, que resultó ser el frío colándose en sus huesos. La noche transcurrió en entradas y salidas del sueño, hasta que el despertar no fue causado por la incomodidad sino por un sonido familiar.

Intentaba orientarse cuando escuchó otro ruido. Una puerta cerrándose, la lluvia bajando la voz. Los pasos. Y, antes de que decidiera levantarse, una frase de alivio.

―¡Ahí estás!

Bajo la luz de la luna, la mujer parecía un alma en pena retratada por “PiLAr”. No era la misma Rose fresca y alegre que había ido y venido con una escalera para verificar que el techo estuviera en perfectas condiciones antes del invierno. Su cabello extraordinario, ahora mismo parecía un trapeador empapado. Llevaba un abrigo en lugar de impermeable que sin duda pesaría como el oro debido al exceso de agua. Había algo en el tono de voz y la postura de la visitante, algo que la hacía parecer liviana. Keith se descubrió pensando que sólo el abrigo y la plataforma de barro en las botas evitaban que Rose flotara libremente por la habitación en lugar de correr con relativa torpeza.

Pero corría. Hacia él, como si fuera a abrazarlo y alzarlo como a un niño pequeño. O quizá, incluso, sacudirlo por los hombros mientras lo regañaba. Pero en lugar de eso, se detuvo frente a él y puso su cara de juicio severo. Era evidente que le costaba trabajo vestir esa máscara, pero eso no significaba que no quisiera hacerlo.

―¡Desapareciste! ―¿La pausa era para que él pudiera justificarse? No, duró muy poco―. ¿Por qué hiciste algo así? ¿No te importa angustiarnos? ¿Acaso te hemos dado alguna razón para huir? ―era evidente que ella conocía la respuesta (negativa) a esa pregunta y a la que siguió: ―¿Te hemos tratado mal, o te ha faltado algo?

Hizo una pausa más larga. Esta vez era claro que esperaba una respuesta, una justificación, o al menos una disculpa. Pero el muchacho no tenía nada de eso. Al parecer no tenía nada que ofrecer a cambio de la angustia que había hecho pasar a su familia adoptiva.
Rose suspiró, resignada, y se quitó el abrigo ensopado antes de sentarse sobre sus piernas, justo frente al fugitivo.

―¿Sabes qué? No es buen momento para regañarte. Mis nervios están hechos un desastre. Nos ocuparemos más tarde de esa parte. Pero sí quiero saber por qué te fugaste. Yo estaba segura de que nos estábamos llevando bien. Tus hermanos te adoran, y me atrevería a decir que también les has tomado cariño. Jamás te quejas de tus tareas, no peleas ni rompes las normas. Pero, evidentemente algo no te gusta.

―No es eso ―murmuró Keith, intentando desaparecer en su rincón.

―Me alegra oír eso ―replicó ella, pacientemente―. ¿Qué es entonces?

―Lo siento, Rose. No quería meterlos en problemas, pero... Es que de verdad no quiero hacer esto nunca más.

Con la luz tan escasa era difícil estar seguro, pero le pareció que ella estaba sorprendida.

―No te preocupes, no estamos en problemas ―dijo, conmovida, pero al instante recuperó su tonó práctico―. Normalmente los niños se pierden o se fugan a los catorce, pero por lo demás, esto es prácticamente normal... Al menos eso pensarán todos. Pero a mí me preocupa que supieras a dónde ir. ¿Lo tenías muy pensado, verdad? Y no ibas a volver.

―Ya viví solo un tiempo ―respondió, apretando los dientes.

A veces, sentía que siempre había vivido sólo. 

No supo si fue por sus palabras o por el dolor escondido tras ellas, pero apenas si terminó de pronunciarlas antes de que la mujer empapada lo abrazara. Sintió más frío, pero aún así lamentó que ella retrocediera tan rápido.

―¡Lo siento! ―exclamó Rose―. No pude evitarlo... ¿Te mojé demasiado? Por lo menos me quité el abrigo antes. Vas a resfriarte... Vas a enfermarte de cualquier modo, ¡hace frío!

―No me mojaste ―mintió Keith, inútilmente.
Ella sabía que mentía, pero sonrió. Luego se sentó apoyada en la pared, acomodándose para una larga espera.

―De acuerdo ―dijo, alegremente―. Igual no iremos a ningún lado hasta que escampe, así que sigue dando vueltas hasta que me quede claro por qué te fugaste.

Sí, había estado dando largas al asunto. Y ambos sabían que él no tenía problemas explicándose, simplemente no le gustaba hacerlo. Pero estas personas le habían dado algo que parecía un hogar, y el mejor año de su vida. Les debía una respuesta.

―Estuve sólo por mi propia gana. Y no me fue mal: era verano ―podía salir a cualquier hora y no hacía tanto frío―. Fingía que tenía una familia y nadie sospechaba porque, ¿quién no tiene una familia? Pero aún así me encontraron rápido y me mandaron con la gente con la que me habían asignado.

―Con razón dijeron que eras problemático. No es que hagas berrinches, es que te marchas cuando algo no te gusta.

El huérfano negó con la cabeza.

―Aún no los conocía. No quería conocerlos. No quería más familias.

―¿De verdad quieres estar sólo en el mundo? ―preguntó Rose, y él no supo si estaba confundida o apenada―. Siempre creí que te quedabas aparte porque aún no nos conocías bien. Me pareció que te gustaba pasar tiempo con nosotros.

Su padre adoptivo solía ordenarle que saliera de su habitación y cuando él se negaba intentaba sobornarlo. Pero la madre no; ella solamente lo llamaba cuando necesitaba ayuda. A veces pensaba que era una trampa, porque sus tareas nunca eran solitarias, y todas acababan en conversaciones sobre la escuela o sobre arte. O sobre la familia de la que, por ahora, formaba parte.

Si era una trampa, había funcionado de maravilla. Hacía meses que el niño se invitaba sólo a la cocina para ayudar a Rose a preparar la cena. Y sí, esperaba con ansias la hora de limpiar el jardín con sus hermanos adoptivos.

―Sí me gusta. Ese es el problema. No quiero oírte decirlo.

―¿Decir qué?

Esa era una buena pregunta. Los hechos eran siempre los mismos, las palabras de los otros padres habían sido casi calcadas. Pero él estaba seguro de que Rose sería distinta. Siempre era distinta. Una parte de él incluso encontraba divertido intentar adivinar que palabras usaría. También tenía pesadillas al respecto.

―No sé. Lo que sea que le dices a los que tienes que devolver.

―¿Qué? ―exclamó ella, en el tono que usaba cuando estaba a punto de darle la regañiza de su vida a Sora o a Douglas―. ¿Y por qué tendría que...? 

Se interrumpió de golpe, y su sonrisa intentó convertir en día la penumbra.

―Me parece que no entiendes el proceso de adopciones, cariño. No tienes que ir con otra familia después del primer semestre.

―Lo sé. Pero tú no me dejarías creerme que puedo quedarme.

Ella al menos, entendería que eso era peor. Sin embargo, su pregunta indignada tomó un rumbo que confundió a Keith:

―¿Estás diciendo que piensas que quiero devolverte? ―inquirió. Ese énfasis que puso en el “quiero” fue lo que hizo que Keith terminara de identificar el ceño fruncido.

Usualmente, eso significaba que estaban en problemas. También era un indicador que sólo aparecía con Doug y Sora, pero a todos los angustiaba por igual cada vez que tenían que presenciarlo. Después de fruncir el ceño y gruñir palabras, Rose cortaba las conversaciones y se mostraba ansiosa durante horas.

Pero estaba vez sonaba como una buena noticia. Keith estuvo a punto de atreverse a preguntarle si estaba equivocado.

―Lo siento ―dijo, en cambio.

Ella no le dio un discurso de lo inútil que era lamentarse ni le pidió explicar por qué, con exactitud, se disculpaba. En lugar de eso, suspiró, cansada, y explicó:

―Cuando un niño es rechazado por dos familias adoptivas, empiezan a decir a los próximos qué es problemático. No estás obligado a recibirlo. Dijeron que no creabas vínculos emocionales, que eras rebelde, solitario y apático. Entonces, dijimos que igual te traeríamos a casa, pero...

―¿Lo saben desde el inicio? ―la interrumpió.

Keith no tenía idea de que las parejas que lo habían devuelto habían sabido desde el comienzo que él jamás se integraría. De pronto, sintió que lo habían engañado. ¡Incluso se había sentido mal por decepcionar a la mitad de esos hipócritas!

―¿Y de todos modos me dicen que me darán una familia si saben que no pueden? ―reclamó, con la voz rota― ¿Es que ninguno de ustedes sabe cuánto duele? 
Rose negó con la cabeza.

―¿Quién dice que no podemos? Cuándo acepté que vinieras a vivir con nosotros, lo hice porque sabía que lo manejaríamos. Que un chico sea problemático o que no encaje como se espera, sólo significa que hay que adaptarse. No todos los miembros de la misma familia encajan igual. Posiblemente jamás conseguiré que Sora se acostumbre a seguir las reglas o que Doug deje de ser tan agresivo. Y no es mucho más probable que Doug y Amy entiendan una palabra de arte. Eso no significa que no sean mis hijos.

―Pero sí crean... ¿cómo dijiste, lazos emocionales?

―Sí. Lo hacen. Sora es capaz de hacer sus tareas con tal de que tú la ayudes... creí que estaba haciendo que tú trabajaras por ella, pero resulta que sólo le gusta pasar tiempo contigo.

―Es porque hacemos apuestas a quien termina primero... y hablamos de perros. Le encantan los perros, dice que deberían ser mascotas.

―Lo fueron ―ella sonrió―. Doug dejó de pelear contigo.

―En realidad no tiene ciencia. Siempre se calma si uno no reacciona.

―¿No es porque le ganaste?

De pronto Keith se sintió triste. Cuando explicaran porqué lo devolvían, seguro lo primero en la lista sería ese ojo morado.

―En realidad eso lo enojó más. Y tenía razón. Por suerte aceptó mi disculpa de inmediato.

―Parece que he estado enfocando mal ese asunto... ¡Haberlo dicho antes!

―Creí que lo sabías.

―Sí, creo que debí haberlo notado... ¿De qué hablábamos?

―Mis hermanos sí se integran. Amy, especialmente.

―Eso no es integrarse, ella sólo es amable con todo el mundo. Pero no son relaciones profundas. ¿Sabes si alguna persona en este mundo tiene idea de qué ha pensado para sus elecciones de vida?

―Hogar.

―Oh ―por algún motivo esa expresión de sorpresa no sonaba genuina―. Parece que a ti si te lo dijo.

―Cree que no la aceptarán. Es una tontería. Lo hará bien.

―¿Y Guille?

―También.

―¿También qué?

―Irá a Hogar... No, espera, ¿no preguntabas eso? 

―Pues... me refería a si de él también sabes secretos... Y parece que sí. ¿Hogar? Creía que nunca se había puesto a pensar en el futuro.

―No lo hace... Ni guarda secretos. Pero sería buen padre. Cuando tú no estás, se convierte en tu clon... Incluso puede fruncir el ceño cuando Sora quiere salir a jugar bajo la lluvia o cuando Amy se burla de mi pelo.

Eso era algo que echaría de menos cuando se fuera. Ninguno de sus hermanos adoptivos lo había defendido en el pasado, y quizá nadie más lo haría en el futuro. Tampoco lo regañaban ni lo acompañaban al museo de arte. ¡Y a Guillermo ni siquiera le gustaban los museos!

―¿Y vas a decirme que no los quieres?

―¿Qué? ―le sorprendió, como siempre, notar que esa pregunta había salido justo como la reacción indignada de Rose―. ¡Claro que sí!

―Y no te molesta que entremos a tu cuarto... Jamás intentaste trancar la puerta con una silla.

Era lo que hacían Amelia y Douglas cuando necesitaban espacio.

―No te niegas a venir cuando te llamamos a ayudar. Sólo te molestan las reuniones de juegos.

―Me gustan las reuniones de juegos.

―¿Y por qué nunca vienes?

―Por qué así será más difícil.

―¿Cuándo te regresemos?

―No sirvió de nada. Igual no quiero irme.

Sonaba contradictorio, porque era justo eso lo que había hecho, pero esta madre adoptiva no tenía el hábito de señalar lo evidente. En esta ocasión, tampoco lo obligó a descubrirlo por sí mismo.

―Mejor así ―dijo, en cambio―. Por qué no te devolvería aunque quisieras.

―¿En serio no? ―preguntó, todavía reacio a albergar esperanzas.

―Pero que pregunta absurda. ¿No me has escuchado? Con la lista de conflictos que nos dieron, esperábamos un niño que mordiera a sus hermanos y nos tirara cosas cuando le dijeramos que tenía que salir a ayudar con la cena. Sí aceptamos eso, ¿porqué íbamos a rechazarte ahora que sabemos que no eres nada de eso? 

―No sé. Nunca he sabido por qué. Sí supiera qué es lo que hago mal, dejaría de hacerlo.

Esta vez el abrazo no le causó frío. Y Rose no se apresuró a soltarlo.

―No imagino por qué alguien te abandonaría, mi niño. Pero lo más seguro es que no fue por algo que hiciste.

Lo soltó sólo para poder verlo a la cara.

―Mi vida, tengo que pedirte algo difícil. Tienes que intentarlo, por mí.

―Está bien ―aceptó, a ciegas y sin dudarlo un segundo.

―Deja de preguntártelo. Sé que solía ser muy importante, pero ya no lo es. Estás en casa ahora.
Asintiendo, el niño volvió a abrazarla. Se quedó acurrucado ahí hasta que la lluvia dejó de caer fuera de la casa. Intentó cumplir la petición, aunque la pregunta volvía de vez en cuando.

Algún día, con el cabello pegajoso por el sudor y un rastrillo entre manos, Guillermo resolvería el misterio para él: “Hace casi diecinueve años, un par de adolescentes no aprobados encargaron un bebé, y a la hora de la verdad, se acobardaron y lo dejaron en la basura en pleno del invierno. Sobrevivió, contra toda lógica, pero jamás sería un niño sano, así que una docena de familias lo rechazaron en once años. Todo para que acabara en esta familia y pudiera decirte que sí: si quieres hacer una escultura con hojas secas, es perfectamente posible. Pero tú tendrás que averiguar como, porque a mí francamente no se me ocurre.”

A su hermano mayor lo habían abandonado muchas más personas. A Douglas lo habían rechazado muchas más, en menos tiempo. Amy había perdido a su familia biológica durante la última epidemia y Sora había sido demasiado para la paciencia de sus padres reales. Un par de aspirantes al programa de Hogares había resultado tener enfermedades que les impedían ser parte del sistema tradicional, así que los habían enviado al programa de Acogida. 

Y ahora ahí estaban: la familia perfecta, limpiando el jardín.

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